Resiliencia
Viajo en busca de lágrimas que me hidraten en la sequía.
Entre un futuro que no llega y un pasado que fustiga.
Se me pasan los años, se me pasa la vida.
Ni veinte de cara pero sesenta encima.
Pelo alborotado.
Mirada perdida.
Siempre corriendo.
“¿Cuándo respiras?”.
Ojos verdes.
Vidriosa sonrisa.
No necesito aire.
No necesito energía.
Necesito una mirada, que redefina la alegría.
Necesito que alguien comprenda la bomba de relojería que llevo sobre los hombros.
Tic, tac, tic, tac. Aprisa.
Alguien que me saque de mi mundo y me de un pedazo de utopía.
Busco a alguien. No busco a nadie.
Busco huir de mi guarida.
Busco un verso de comprensión, veinte poemas y una rima con los que entendáis que lo que siento no cabe en una sola poesía.
Busco llegar a mi destino.
Acabar con mi elegía.
Escribir una carta a mi infancia perdida.
Oír un suspiro de mi vejez arrepentida.
Llorar en público.
Reír a escondidas.
Olvidar mis cicatrices.
Recordar como se esbozaba una sonrisa.
Soñar con mi abuelo.
Despertar sin pesadillas.
Darte otro abrazo.
No extrañar tus cosquillas.
Oír tu voz otra vez pues mi mente ya la olvida.
Dejar de llorarte cada verano.
Sin lágrimas suicidas.
Encontrar lo automático que le falta a mi estima.
Agarrar mis recuerdos para que no vuelen con la brisa movidos por la nostalgia de una luz vespertina.
Encontrar un sastre de corazones que haga remiendos a medida y con retales de lo que fui ponga parche a estas heridas.
Hallar el motivo por el que el otoño ya no me anima.
Y por qué ahora me desmorono en las tardes frías.
Quizá porque el calor se me escapó entre despedidas.
Encontrar mi rumbo.
Entrar por la salida.
Hallar un maniantal que humedezca de nuevo mis pupilas.
Y encontrar al fin las lágrimas que me hidraten en la sequía.