Poemas

Inolvidable

Joder, jamás lo olvidaré. Me desperté con la misma ilusión que se despierta un niño el día de reyes, pero sin esperar regalos debajo del árbol, sabiendo que ese sería el mejor día de mi vida, me duché y me vestí lo mejor que pude, ese día tenía que ir guapo, era nuestro día. Salí corriendo de casa, no podía perder el tren, no hoy. Llegué pronto a la estación, “Ya estoy esperando el tren” te dije, “Vas a llegar muy pronto” me contestaste, pero ese día no podía llegar tarde, era el primer día que iba a salir de mi territorio de confort, pero iba a hacerlo contigo. Aquellos cuarenta minutos se me hicieron eternos, creo que nunca escasos tres cuartos de hora hayan tardado tantísimo en consumirse, pero bueno, al menos llevaba música y no dejaba de escuchar una y otra vez esas canciones que tanto te gustan, además no podía dejar de escuchar aquellos mensajes de voz que me mandabas, joder, me encanta tu voz. Al fin el tren llegó, salí fuera de la estación, joder que nervios tenía encima, era como ese examen para el que vas genial preparado, pero que temes que pueda salirte mal. Salí fuera, ya sabes que no me gustan las estaciones ni los lugares con tanta gente. Que conste que no fui a recogerte a tu casa porque no me dijiste donde vivías, te empeñaste en venir a recogerme a la estación. Cinco minutos, diez minutos, el corazón se me salía del pecho, la sangre se me apelotonaba en la cabeza y notaba las manos frías, deseaba que mis orejas no estuviesen rojas como siempre que estoy nervioso, los pensamientos no dejaban de pasar por mi cabeza a velocidades increíbles: como vendrá, estoy guapo, péinate un poco, tenías que haberte afeitado, ¿Cómo vas a hacerla reír?, la vas a aburrir con tus cubos, mierda, como era aquel verso, le prometí que me aprendería su poema. Pero entonces giraste la esquina, allí estabas, tan preciosa como siempre, con esa sonrisa por bandera y esa mirada que para el tiempo. Sin ni siquiera pensar, fui directo a comenzar a andar hacia ti, quizá con tanto ímpetu que me tropecé, creo que no he sentido mayor aprieto nunca, pero al levantar la mirada y ver que te reías pensé “No, hoy nada puede ir mal”. Me llevaste a desayunar y después a aquella plaza, sigo pensando en algún momento alguien se llevó la puerta, un paseo por aquellas calles, un par de tiendas, haciendo tiempo hasta que empezase aquello. Vale, sí, soy un niño, pero me encantó, y sé que a ti también, solo a nosotros nos habría gustado ver a unas marionetas bailar y cantar, eres genial. Un par de tiendas, aceptable, pero porque eras tú. Fuimos a comer, me pedí una ensalada, me miraste raro y te reíste cuando te expliqué por qué no como hamburguesas. Aún era pronto, nos sentamos en aquel banco y comenzamos a hablar, nuestro pasado, hablamos de la montaña que algún día subiríamos, te hablé de mis cubos y lo fascinante es que me escuchabas, hablamos de tatuajes, de los que teníamos, de los que nos haríamos, intenté enseñarte como se resolvía el cubo, pero entre mis dotes de profesor y que no podía parar de reír cuando te frustrabas acabamos por dejar el curso para otro día. Estabas preciosa, vestías como siempre, pero lucías como nunca, jamás he visto a nadie ser tan bello sin pretenderlo, eras tú, al natural, solo tú. Leímos algo del libro, te reíste por como leía los versos casi dramatizando. Me hiciste cantar aunque me negué al principio y acabamos cantando juntos una de esas canciones que allá por noviembre te envié una noche para que tú también estuvieses conmigo en aquel concierto. Hablamos de literatura, de poesía, de música. Entonces llegó el momento, llevaba mucho tiempo estudiando aquellos 30 versos, no podía fallar ahora, uno a uno, mirándote a los ojos, lenta y emotivamente, los leí, bueno, quizás me perdí un poco, pero solo una vez, vi como poco a poco las lágrimas iban brotando de tus ojos, tímidas. Acabé de recitar tus versos y abrí los brazos dispuesto a curar esas lágrimas con un abrazo y entonces, me besaste, joder, nunca lo voy a olvidar, creo que por un momento el alma se me salió del cuerpo y mi cerebro colgó un cartel de “Vuelvo en 5 minutos”, creo que no puedo explicar con palabras lo que sentí, quizá en otra ocasión. Era tarde, se hacía de noche y sabes que soy un poco miedoso, era hora de irse a casa, pero prefiero volver en bus, ya te lo conté. Me acompañas a la boca de metro y en la tuya nace otra sonrisa, no decimos nada, me miras, te miro, y lo único que me atrevo a decir es un “Luego hablamos, ¿Verdad?”. Asientes, no me dices nada, pero tus ojos me lo dicen todo, esos ojos marrones (bueno, con vetas verdes). Había sido el mejor día de mi vida. Joder, jamás lo olvidaré, lástima que jamás ocurriese…