Poemas

El viaje

No sonó el despertador. Aun así me desperté a las 8, sorprendentemente. Digo “sorprendentemente” porque últimamente raro era el día en que me despertaba antes de las 12 por las pastillas que tengo recetadas para dormir. Pastillas, pastillas y más pastillas. Me levanté de la cama. Era curioso, no había sonado el despertador, pero tampoco había despertado por el canto de los pájaros, esa mañana la naturaleza había enmudecido. Al incorporarme comprobé aliviado que el dolor de espalda que me llevaba atormentando las últimas semanas al fin había desaparecido. Ya era hora. Me puse mis zapatillas de andar por casa y bajé rápidamente a desayunar. Lo más “rápidamente” que 85 años, una prótesis de rodilla, de cadera y unas zapatillas de felpa me lo permitieron, aunque he de reconocer que me sentía extrañamente ligero aquella mañana, debían de ser aquellas pastillas nuevas que me recetó el doctor. Era un día curiosamente caluroso en comparación con los que lo habían precedido, la verdad. Al pasar por delante el viejo reloj de cuco que había en el pasillo me di cuenta de que estaba parado pese a que creía recordar haberle dado cuerda la noche anterior. Ya le diría al niño que lo arreglase cuando viniera. Aunque desde que mamá se fue ya casi no pasaba a verme. Con todo lo que hice por sacarlos adelante para acabar así, postrado en un sillón pasando el día entre anuncios de teletienda, programas de cotilleos y Westerns. Pero de vez en cuando había días como aquel en los que el grupo de mayores organizaba una excursión a algún punto importante de la ciudad. En días como aquellos me sentía entre iguales y la soledad que me oprimía el pecho parecía desaparecer parcialmente, quizá por miedo a no ser comprendida entre tanta gente. Aquel día, en concreto, era el día del Museo de arte de la ciudad, el cual, he de reconocer, ni siquiera sabía que existía. De hecho, ni siquiera recordaba haberme apuntado a aquella excursión, pero bueno, el niño me había llamado la noche anterior para recordármelo, ¿O quizá había sido aquella misma mañana? La memoria estaba empezando a fallarme, se lo comentaría al médico en nuestra próxima cita. Dejé la cama hecha como a ella le gustaba, con los dos cojines grandes apoyados en el cabecero y los dos pequeños reposando sobre los anteriores. Me puse mi vieja chaqueta de los sábados con unos pantalones de pana. En la solapa de la chaqueta aquel broche de plata y no podía faltar el pañuelo en el bolsillo de la misma. Me puse mi sombrero de copa baja sobre mi cana cabellera y me miré al espejo. Hacía tanto que no estaba ella para decirme lo guapo que iba. Llegó la hora y salí paseando a la parada. Para ser una mañana de primavera no había nadie en la calle. Vagos. Llegué a la desierta parada del autobús y me senté a esperar que llegase. Las nubes hoy tenían formas curiosas, como si se unieran y se despegaran constantemente, lo cual era bastante curioso, ya que no hacía nada de aire aquel día. Al fin llegó el autobús. Al abrir las puertas me llevé una sorpresa cuando me percaté de que ya no estaba el conductor que nos llevaba habitualmente a las excursiones sino un chico más joven, a mi parecer. “Buenos días, señor Rodríguez, soy Carlos Ronte, el nuevo conductor” dijo mientras esbozaba una amplia sonrisa. “Entrégueme su billete y podremos irnos”. Lo había olvidado. Empecé a rebuscar por los bolsillos de la chaqueta, pantalones y cartera, pero no estaba por ningún sitio. Le miré con ojos agobiados a lo que el respondió con un profunda carcajada, se me acercó y me susurró. “Venga, por ser usted le dejo pasar si me da usted una monedita para tomarme luego un café”. No creía llevar nada encima pero al meter la mano en el bolsillo encontré una moneda de 50 céntimos, oxidada, alargué la mano hacia el mientras me miraba sonriente. “¡Podemos salir, pues! Espero que haya dejado toda la casa bien recogida”. Recorriendo el pasillo central del autobús no reconocía ninguna cara, cosa que no es para nada extraña ya que, contra todo lo que piensa la mayoría de la gente, no a todos los ancianos nos gusta hablar sin parar. Encontré un asiento vacío sin acompañante, perfecto. Me tumbé y apoyé la cabeza. Caí dormido prácticamente al instante. Desperté cuando sentí el frenazo del autobús y mi cabeza fue a parar contra el asiento del pasajero que se sentaba delante de mí. Estos jóvenes conducen como loco. Miré por la ventanilla y allí estaba, el museo de la ciudad. Nunca antes lo había visto pero he de confesar que me pareció majestuoso. Inmensas paredes de lo que parecía un mármol blanco que, aunque brillante, parecía ser antiguo. ¿Cuántos años tendría aquel edificio?. Los jardines que lo rodeaban eran, sin duda, impresionantes, flores de colores vivos, arboles pequeños recortados con forma de animales, era precioso. El conductor nos indicó que bajásemos y nos dirigiésemos a la puerta principal. Una vez hubimos atravesado unos grandes portones abiertos de par en par llegamos a una sala de recepción con una enorme fuente en el centro. Al parecer para pasar debíamos de cruzar antes un control. Está claro, nunca sabes si un ancianito es en realidad un ladrón de obras de arte camuflado. Fueron pasando uno a uno. De vez en cuando, se oía un pitido y una luz roja se encendía mostrando la palabra “No apto”. Cada vez que eso pasaba, dos guardías de considerables proporciones se acercaban a la persona en cuestión y le pedían que les acompañase a una sala cercana en la cual se podía leer el nombre “Limpieza” en un letrero sobre la puerta. Por suerte a mí no me pitó. Entré dentro y mi primera sorpresa fue que no había nadie en la sala principal. Normal, no había bancos, imán predilecto para los jubilados. Comencé a observar las paredes. Estaban llenas, repletas de cuadros y más cuadros, parecían infinitos. Habían tantísimos cuadros que me era imposible fijarme en solo uno ya que justo cuando fijaba la vista en el parecía cambiar. Vislumbré niños corriendo, un campo de cultivo, una cama, un bosque. Todos los cuadros despertaban algo en mí, aunque no podría concretar muy bien el qué. Recuerdos tal vez. Según iba mirando los cuadros parecían aparecer más y más hasta que llegó un punto en el que me abrumó y tuve que cerrar los ojos. En ese instante comencé a oírlo, un elenco de voces comenzaron a susurrarme cosas, no las entendía, tan solo palabras sueltas. Se fueron haciendo cada vez más intensas, tenía pánico, quería salir de allí, no podía abrir los ojos, no podía moverme. Una nota. Las voces se callaron. Otra nota. La paz me inundó. Con las 4 notas siguientes me di cuenta de lo que estaba escuchando. Aquella era nuestra canción, la que sonaba el día que la conocí. De golpe la canción se paró y una dulce y familiar voz me dijo “Sigue”. Abrí los ojos, aquello no podía estar pasando, tenía que dejar de tomar tantas pastillas. Levanté la mirada y estuve a punto de caer cuando observé que absolutamente todas las paredes estaban vacías, sin un solo cuadro sobre ellas. Me di la vuelta dispuesto a salir de aquel museo de la locura cuanto antes para llevarme la sorpresa de que la puerta por la cual había accedido a la sala ya no se hallaba allí. Corrí hacia aquella pared confiando en que mis problemas de visión eran los que habían causado semejante desaparición. Pero no. Llegué allí y no había nada. Me di la vuelta para encontrarme con la siguiente sorpresa dantesca. Había aparecido un nuevo cuadro en la pared opuesta a la que me encontraba. Un cuadro cuyas proporciones debían de superar los 4 metros de largo por 3 de alto. Dos figuras se encontraban en pie en el centro de aquella imagen. Me acerqué temoroso y fui vislumbrando poco a poco cada vez más detalles de aquel retrato. Era una pareja. Una boda. La novia tenía el pelo del color de la ceniza. Ojos marrones. Baja estatura. Mirada curiosa. Una amplia sonrisa. No podía ser ella. El novio era más alto. Pelo oscuro. Traje negro. Un broche de plata en la solapa de la manga. Un pañuelo en el bolsillo. Aquello era imposible. Me llevé la mano a la boca y aquel hombre del cuadro también lo hizo. Aquello no era un cuadro. Miré mi mano asombrado para darme cuenta de que mis arrugas ya no estaban y llevaba puesto un traje de boda. Aquello era un espejo. Ella me miraba. Con una entrañable sonrisa y una pequeña lágrima asomando por la comisura de sus ojos. “Has venido”. Me dijo con voz entrecortada. “Te he echado mucho de menos estos últimos años”. Aquello no podía estar ocurriendo. Pero entonces en aquel cuadro su mano se movió y me rozó la cara. Sentí su tacto. Todo cobró sentido en un instante. El reloj, los dolores, el viaje improvisado, los pájaros, el autobús. Rompí a llorar. “Tranquilo, pequeño, tarde o temprano todos llegamos aquí”. La miré con los ojos nublados por el llanto, pero incapaz de contener la sonrisa que brotaba de mis labios. “Lo importante es que ahora estás conmigo, otra vez”. Así era. Alargué mi mano hacia aquel espejo y agarré la suya. Dando un paso al frente me coloqué frente a ella y la besé. La besé como quien llora. La besé como quien echa de menos. La besé como quien espera. La besé como quien muere. Estábamos juntos de nuevo. Esta vez, estábamos juntos para siempre.