Cristales rotos
Me ha dado por escribir algo que llevo pensando un tiempo. Una bonita metáfora, a mi parecer. Imaginad por un momento que todos somos cristales, los hay más grandes y más pequeños, más gruesos, más delgados, más brillantes, más opacos. Los hay que tienen una forma perfecta y otros una forma un poco menos armoniosa. Hay pares de cristales que encajan a la perfección, pero rozan y al final alguno acaba rayado. Hay cristales más y menos resistentes. Intentad juntar dos cristales hasta un punto en el que no se puedan separar. ¿Lo veis? Es imposible. Pero, en ocasiones, algunos cristales rayan tanto a otros que los rompen. A veces los rompen tanto que quedan reducidos a tristes esquirlas, despreciadas por el resto de cristales que aún están enteros. Pero, de vez en cuando, ese montoncito deforme de cristales rotos se encuentra con otro montoncito de cristales, quizá de otro color, con otro brillo, otra transparencia. Quizá fue la brisa o el agua el que hizo que se unieran, quién sabe. Pero entonces se encuentran y se entremezclan y, aunque de lugares distintos y tipo distinto, se siguen fusionando en una danza hipnótica a merced del viento de su pasado y la marea de sus recuerdos. Y cuando alcanzan la frenética velocidad para que surja una chispa, estalla un fuego que los rodea. Un fuego que derrite cálidamente cada una de las rajadas aristas de cada esquirla cristalina, haciendo que los trozos de ambos cristales se junten formando un mosaico vidrioso más bello que cualquiera de los cristales originales. Quizá así sea el amor y por eso las personas rotas encajen. Quizá todo esto sea una tontería, pero jamás estuve tan orgulloso de ser un cristal roto.