Poemas

Manos en el vacío

Tras treinta minutos de parada cardiorrespiratoria, su cerebro se apagó.

Sin embargo, su corazón, pudo volver a latir.

Cinco días después, el espacio donde moraba su conciencia estaba vacío. Un cuerpo inerte descansaba en una cama de la unidad de cuidados intensivos, pero eso ella no lo sabía.

El espacio donde habitaba su nombre, su edad, su profesión, su familia, su casa, sus recuerdos, sus deseos y sus miedos estaba emborronado, como escrito al que le cae un vaso de agua. El blanco de su conciencia apenas variaba a pequeños tonos de rojo de forma rítmica, casi musical, cada vez que una de las decenas de máquinas que la mantenían con vida latía en forma de pitido, como recordándole que aún seguía en el mundo de los vivos.

Su cuerpo se encontraba en esos momentos desconectado del centro de control, su cabeza reposaba ingrávida sobre la almohada, mientras un enorme pulmón mecánico insuflaba aire en los suyos, ya colapsados, dejando que saliese después en forma de un falso suspiro, como un globo que se desinfla por el mero hecho de ser lo que es.

A los pocos días, comenzó a sentir dolor. No entendía nada, ni siquiera sabía de dónde venía ese dolor que aparecía de forma intermitente, pues el concepto del tiempo aún estaba difuso en un cerebro que tenía demasiadas conexiones fuera de su lugar. El dolor, para su mente vacía, era desbordante, pues el lienzo intacto de esa conciencia, solo teñido por los pitidos, se volvía negro y granate cada vez que una enfermera tenía que ponerle una nueva vía.

Poco a poco, fue comprendiendo el dolor, que para ella era lo primero que sentía tras su nuevo nacimiento. Su conciencia ahora era una guerra entre pitidos y dolor, un cuadro de colores rojizos y negruzcos que no dejaba espacio a nada más.

Sin embargo, un día esos colores dieron paso a un tono nuevo. Un añil, difuso, que aparecía de forma anárquica por toda la imagen cada vez que los intensivistas hablaban entre ellos a la par de su cama, decidiendo cuál era el siguiente paso para conseguir mantenerla estable. Pero, obviamente, eso ella no lo sabía. Los primeros días una sensación de ansiedad aparecía cada vez que el nuevo color perturbaba su ya conocido paisaje ocre, puesto que no entendía qué era o qué quería hacer en ese lugar, cambiando el mundo que ella conocía.

Habían pasado veintiocho días cuando otra de sus redes neurales se activó y comenzó a sentir olores a la vez que su piel despertó y las sensaciones comenzaron a fluir por su cerebro.

El olor, en aquel lugar, era neutro, de un blanco perfecto, solo cambiaba en ocasiones contadas, cuando tenían que cambiarla. El tacto, sin embargo, era distinto.

Al principio fue doloroso. Su piel, que llevaba dormida un mes, despertó sobresaltada como un bebé que se revuelve por un grito, y su llanto se transformó en una sensación desagradable por todo su cuerpo, dolorido debido a la inmovilización. Su lienzo, rodeado de un halo de olores blancos y asépticos, se volvió de un granate intenso durante días, con latigazos de negro que la hacían sollozar en su interior. No sabía quién era, no sabía qué hacía allí, pero sabía que sufría y que no podía hacer nada para evitarlo.

Poco a poco su inexperta piel fue siendo capaz de discernir entre dolor y tacto, y poco a poco el granate y el negro volvieron a aparecer solo de forma ocasional, y el blanco y el añil recuperaron su espacio. El tacto de las sábanas, la almohada y la cama tomó un suave color aguamarina que poco a poco fue interiorizándose y tomando un lugar firme en su conciencia sin que ella se percatara.

Su mundo, de pitidos y colores, la mantenía en un estado de vacío, de ausencia de sensaciones y sentimientos, la protegía, pero no la dejaba vivir. Los días fueron pasando sin ningún cambio en su paisaje hasta que, de pronto, apareció un color nuevo. Al principio le pareció que el añil volvía, pero pronto se dio cuenta de que este color era distinto, y que tomaba la forma de un suave color lima que daba pinceladas, mucho más armoniosas, sobre su lienzo, dibujando formas que la maravillaban, pero que aún no podía entender. Estaban hablándole a ella. Sintió entonces la primera emoción después del miedo: la felicidad, como una mariposa que nace después de que el capullo, que había permanecido latente, se rompa. Esa voz siguió dibujando formas con ese nuevo color que la hacía sentir feliz, mientras ella no podía, sino desear que siguiese haciéndolo. Sin embargo, esa felicidad desmedida se desvaneció de golpe cuando sintió un tacto que no había experimentado nunca, y el miedo tiñó de negro todo su pensamiento. Por suerte, ese oscurecimiento fue solo momentáneo, pues pronto desapareció y pudo ver cómo se volvía un suave color marrón como la madera, cálido, que la hacía sentir segura. Por primera vez en más de un mes, estaba sintiendo una caricia.

Durante unos minutos, el verde y el marrón la inundaron, sumiéndola en un estado de felicidad. Por un instante recordó los árboles. No sabía lo que eran, ni por qué le gustaban tanto, pero los recordó.

El marrón se volvió más intenso cuando sintió cómo comenzaban a mover su brazo, aún flácido e inerte, y el granate y el negro volvieron a tomar escena cuando sintió un dolor en todas las articulaciones de su brazo pues, poco a poco, iba siendo consciente de las partes de su cuerpo y de cómo esas articulaciones, rígidas por la inmovilización, se resintieron todas a una sola voz cuando comenzaron a moverse. No entendía por qué los agradables verdes y marrones hacían esto y volvió a sentir miedo. Esta vez, por el contrario, antes de que el negro lo inundase todo, sintió como ese granate se aclaraba, dando paso a un ligero rosa que la hizo sentir liberada, y que fue aumentando conforme sus articulaciones doloridas fueron moviéndose y aliviándose.

De esa manera, su lienzo, antes yermo, se pobló de primavera. Por desgracia, esa estación no duró demasiado, y tras una última pincelada de color lima se formó lo que al fin pudo reconocer como una palabra: “Mañana”. Entonces el marrón y el lima se marchó, dejando sobre su conciencia pétalos rosas, que poco a poco fueron desvaneciéndose para dejar paso a la sequía anterior. Sin embargo, algo había cambiado, pues el halo que rodeaba ese paisaje, antes blanco y sin vida, ahora tenía un suave color anaranjado, un olor nuevo, que no había percibido antes, ensimismada en los nuevos colores, pero que poco a poco fue desvaneciéndose.

Ese día sintió por primera vez la desesperación. Haber sentido ese torrente de felicidad la había sumido en un anhelo continuo de que esa sensación regresara. No sabía cuánto tiempo tendría que esperar hasta que llegase ese “mañana”, pero le pareció una eternidad.

Cuando ya había decidido dejar de esperar y volvió a sumirse en aquel páramo, frecuentado por pájaros añiles que no dejaban rastro al pasar, pudo observar cómo poco a poco el halo blanco fue tomando un color anaranjado. Por primera vez sintió entonces su corazón, pues este empezó a latir con más intensidad. Esta vez prestó más atención a ese naranja que, sutil, lo inundaba todo, y se sintió reconfortada. Todo fue como la primera vez, comenzó con un suave color verde lima, que formaba lo que ahora sabía que eran palabras, pero que no comprendía: “Días”, “Estás”, “Buenos”, “Cómo”. No le importaba no entender lo que decían aquellas palabras, solo lo que le hacían sentir, puesto que sabía, que, al contrario que el añil, ese verde lima, esas palabras, eran para ella. Ansiaba el momento en que apareciese el marrón como quien, hambriento, mira al horno esperando que termine la comida. No tuvo que esperar demasiado, puesto que apareció, firme y cálido, para ocupar un lugar en aquel cuadro que volvía, poco a poco, a recibir aquellos colores. Esta vez el granate solo fue momentáneo antes del pálido rosa, que dejó todo el lienzo repleto de pétalos de flor. Por primera vez su mente logró asociar los colores, el naranja, el verde, el rosa y el marrón aparecían siempre a la vez, por lo que debían de estar entonces relacionados, recordando que existían otros, y que ella era otra, u otro, pero no sabía exactamente qué.

Recordó de nuevo los números intentando calcular el tiempo que pasaba entre el momento en que ese “otro” se marchaba y el momento en que regresaba. Dieciséis mil quinientos sesenta pitidos transcurrían entre aquella primavera y su páramo habitual.

Los días fueron transcurriendo en ese mismo ciclo uno tras otro hasta que, una mañana, sintió algo nuevo. Pudo percibir cómo su mente se conectaba con sus músculos, percibió que tenía un cuerpo, con cuatro extremidades, con una cabeza y, lo más importante, que tenía el control sobre él.

Lo primero que su inexperto cuerpo intentó hacer fue abrir los ojos.

Con un haz de luz cegadora, todo su mundo desapareció. Todos los colores que habían formado su refugio se desvanecieron, sumiéndola en el desconcierto y el miedo, que aún fue peor cuando no aparecieron el granate y el negro que normalmente acompañaban esa sensación.

Las horas que pasaron a continuación fueron angustiosas, nuevas formas, luces y colores se agolpaban en sus retinas, desacostumbradas a recibir imágenes. Hizo todo lo posible por reprimirlas, intentando cerrar los ojos para poder volver a su mente, pero cuando lo hacía solo encontraba negro, el negro del miedo, que la obligaba a volver a abrirlos. Por otra parte, su recién descubierto cuerpo estaba débil y apenas podía moverse, lo cual era angustiante.

Sumida en ese estado de desasosiego, no se dio cuenta de que estaban a punto de pasar esos dieciséis mil quinientos sesenta pitidos.

Entre la angustia, puedo ver como una nueva figura entraba en su campo de visión, limitado únicamente a sus movimientos oculares. Al igual que el resto, le dio miedo, puedo que todo era nuevo para ella. Pero ese miedo se tornó curiosidad cuando sintió un olor familiar, un olor que ella reconocía como naranja, y no pudo, sino desear con todas sus fuerzas que esa figura fuese aquel “otro”. Apenas le bastaron unos segundos para comprobarlo, pues poco a poco aquel verde lima de sus recuerdos se volvió voz y palabras, mucho más emocionadas ahora que ella podía verlas. Pudo ver cómo esa figura se acercaba más a ella, y por un momento pudo enfocar lo que al principio le resultó indiferente, pero después recordaría que era una cara. Cuando la figura terminó de acercarse, sintió como manos se posaban sobre su brazo, y entonces el marrón dejó de ser un color para ser eso, unas manos cálidas y amigas que la tranquilizaron. De igual manera pasó cuando aquella figura comenzó a mover su brazo, y el dolor se convirtió en alivio, al igual que el granate se tornaba rosa. Esta vez, su dolorido cuerpo ayudó a aquel “otro” a mover su brazo, a lo que él respondió con un torrente de nuevas palabras que la hicieron sentir calma, tranquilidad y, por qué no, algo de felicidad.

Así transcurrieron los días, mientras su cuerpo fue ganando fuerza y el mundo fue tomando sentido para ella. Ya recordaba las personas y sabía que estaba tumbada en una cama. Un día, cuando aquella persona llegó y se acercó, ella hizo algo que, sin saber realmente lo que era, provocó que el otro lanzase de nuevo un torrente de verdes palabras que la reconfortaron. Lo que hizo, imitando a aquel rostro que ya podía enfocar con mucha mejor claridad, gracias en parte a que sus párpados se levantaban ya completamente, fue sonreír. Recordó entonces lo que eran las sonrisas, eran felicidad. De esa manera comenzó a sonreír cada vez que él llegaba y trabajaban juntos para, poco a poco, ir recuperando ese cuerpo que, día a día, se preparaba para volver al mundo. Pronto entendió que “Diego” era el nombre de aquellos colores que luego resultaron ser persona, y que “Andrea”, era el suyo. Sin embargo, aún no sabía nada. No recordaba quien era, qué era aquello ni por qué estaba allí. Quizá aquel desconocimiento era la que hacía que pudiese sonreír cada día.

Una mañana, Andrea despertó tras una pesadilla. En aquella pesadilla se veía a ella misma en otro lugar, que pronto reconoció como un salón, y pudo ver como se echaba la mano al pecho, con una mueca de dolor, y se desplomaba sobre el suelo, sin poder moverse. Aquel despertar fue el peor desde que la luz la deslumbró, aunque posiblemente el dolor que sintió después no pudo asemejarse al momento en que perdió los colores. Esta vez no perdió nada, sino que recuperó. Recuperó toda su memoria, su identidad, su familia, sus hijas, sus amigos, su esposo, su trabajo, sus aficiones, sus sueños, sus miedos. Cada vez que recordaba algo nuevo era como si un puñal la desgarrase por dentro, uno tras otro la fueron martirizando, consciente de que, en su estado, aquella vida ya no era su vida, pues no podría retomarla.

Andrea lloró. Lloró en silencio durante horas, puesto que el don de la palabra aún se resistía a aparecer. Desconsolada, ni siquiera vio a Diego llegar, que quedó perplejo al ver aquel panorama. Andrea, al verle, cerró los ojos, intentando recuperar al menos aquellos colores. Al ser consciente de lo inútil que resultó aquella acción, no pudo, sino llorar con más fuerza aún. Diego se acercó, poniendo aquella mano, de un marrón cálido y amigo sobre su mano, diciendo unas palabras que serían el mantra que la acompañaría durante los meses siguientes: “Ahora que lo sabes todo, solo puedes luchar por recuperarlo o rendirte”. Andrea, entre sollozos, dejó de llorar, y levantó, por primera vez sin ayuda de Diego, el brazo, imitando el ejercicio que juntos hacían cada día. De igual manera, sacando fuerzas de flaqueza, lo hizo con las siguientes tres extremidades. Diego solo pudo sonreír, y su sonrisa se contagió al rostro de ella. Sin decir palabra, salió de la habitación y volvió a los pocos segundos con algo entre las manos: un andador. Los primeros pasos siempre son duros, y ese día tan solo lograron que Andrea se mantuviese en pie, lo cual, pese a parecerle poco, se volvió un gran logro cuando vio como la sonrisa de Diego crecía de una forma sin precedentes.

Los paseos por la unidad de cuidados intensivos fueron cada vez más prolongados. Durante ellos, Diego no dejó de hablar con ella en ningún instante, y recordarla en cada momento que su meta estaba cada vez más cerca, pese a que ella no era capaz de responderle ni una sola palabra. Un día, Diego apareció en su habitación con una actitud diferente, sin poder reprimir su enorme sonrisa, tan propia.

“Tengo una sorpresa para ti, pero tenemos que llegar a ella”, dijo mientras ponía una mano en el andador. Comenzaron su paseo rutinario, esta vez por un camino al que no estaba acostumbrada. Atravesaron dos puertas que Diego sostuvo para que ella pudiera pasar. La emoción se tornó un nudo en la garganta, pues Diego cada vez sonreía más.

Al girar un pasillo, vio una pequeña figura al fondo. Aquella figura se giró y comenzó a correr hacia ella, no sin antes exclamar un entusiasmado “¡Mamá!”. Andrea miró a Diego, que no podía parar de reír, y volvió a ver a su pequeña correr hacia ella hasta que la alcanzó y abrazó su cintura. Andrea entonces miró a Diego y a su enorme sonrisa, con lágrimas en los ojos, y tras tragar saliva hizo algo que marcaría la memoria de Diego y haría que su ya enorme sonrisa se volviera colosal. Reunió la poca fuerza que le quedaba después de tantas emociones y susurró una palabra, apenas perceptible, pero que a Diego le retumbaría en los oídos hasta el día de hoy, antes de volverse a abrazar a su hija: “Gracias”.