El páramo
En la lejanía el viento nos susurraba que el mundo seguía ardiendo, pero ya no importaba.
En aquel páramo de raíces y cemento habíamos plantado nuestra bandera reclamándolo durante el tiempo que tardasen nuestros ojos en aclarar sus sentimientos.
La Luna nos evitaba quizá por vergüenza o quizá por celos de que nosotros al fin pudiésemos vernos.
El frío hizo temblar tus piernas y tus labios las mías cuando, decidida, recorriste la distancia entre la promesa y la fechoría de robarme el aliento con ese beso que una promesa tenía prendida.
A cambio solo pude darte un pedazo de mis sueños y una torpe sonrisa mientras tú me mirabas sorprendida.
Un corazón lleno de cicatrices, desertor de batallas perdidas, frente a la inocencia de unos labios que buscan tímidos su compañía.
De pronto la temperatura ya no era tan hostil y aquel banco en medio de la nada se tornó refugio alejado de un mundo ruin.
Parecía extraño pensar que la ciudad, lejos, seguía rugiendo, que el planeta seguía enfermo y que en algún lugar aún existía la soledad.
Sin querer habíamos creado una utopía, intentando escapar, por un momento, de aquella realidad.
Y en aquel lugar, frío y desolado, olvidado por aquellos que algún día lo crearon comenzaron a brotar flores cada vez que besabas mis labios, cada vez que te fundías en mis brazos, cada vez que nos recordábamos que seguíamos siendo humanos.
Mientras tanto, en nuestro inconsciente, aquel recóndito rincón de la urbe perdió el sobrenombre de “páramo” porque ahora, bendito por todo aquello que con tanto celo nos habíamos guardado, pasó de ser un cualquiera, a ser un lugar para querernos, a ser un lugar para amarnos, a ser un páramo, sí, pero al fin y al cabo, “nuestro páramo”.
Imagen de Daniel Caxete