Poemas

Bajo la Luna

Hay quien dice que la lluvia purifica, pero eso no funciona aquí. Donde yo vivo la lluvia embarra las calles, las inunda de basura mientras se filtra nutriendo a esta bestia que algunos osan llamar ciudad, que se retuerce bajo nuestros pies. El cielo llora sobre la tierra, lamentando y recordando el día en que ambos estuvieron juntos, siendo uno solo, y fueron obligados a separarse, forzados a verse, a estar enfrentados día y noche, ansiando estar juntos pero obligados a no tenerse. La ciudad comienza a adormecerse mientras el sol se despide de su compañero celeste. Entonces como cada noche me pongo mi abrigo, y en el momento exacto en el que el sol se esconde y solo me alumbran las tenues luces que ya comienzan a flaquear y que solo nos permiten observar su belleza unos cuantos minutos, entonces coloco mis cascos sobre las orejas y una base de tres tiempos me acompaña mientras bajo las escaleras. Abro la puerta y una ráfaga de aire frío me golpea en la cara, enfría mi sangre mientras me abraza con sus fantasmagóricas extremidades, calmando la fiebre causada por el dolor, el mismo dolor que me asalta cada noche, sin nadie que lo calme. Al compás del segundo tema comienza a andar despacio, dejando a un lado mi antigua moto, se me figura veloz en mi imaginación, recuerdo aquellos días en los que nada podía pararme, o eso pensaba yo. Bendita juventud, llegaste fugaz, y cuando me di cuenta del preciado tesoro que poseía, ya te habías marchado, dejándome tan solo el triste deseo de que retornases, de poder volver atrás. Apenas habían pasado diez minutos desde que saliese cuando se cruzaron ante mis ojos cansados una pareja de enamorados, con sus risas y sus carantoñas. El amor, el combustible del mundo, y como combustible que es puede mover un motor siempre y cuando este sea lo suficientemente rígido como para soportar su violenta sacudida, pero ¡Ay del pobre corazón que no esté preparado!, pues quedará reducido a la más fina y degradada ceniza, a la espera de que otra ilusión le vuelva a infundir esperanza, a revivirlo como si de un ave fénix se tratase. El primer amor… la primera perdición que experimenta el hombre a lo largo de su efímera existencia, cuando dos ojos conectan encajando las dos personas como los dientes de una perfecta cremallera, más un ligero tirón en el sitio correcto basta para separarlas para siempre; y entonces llega el verdadero amor, ese amor que podríamos denominar anímico más que corpóreo… a quien quiero engañar, el amor solo llega verdaderamente a algunas personas, a aquellos románticos que ponían fin a su vida por un desengaño amoroso, no aquellas personas que con falsas palabras blasfeman un “te quiero”, atando al soñador con cadenas, para luego abandonarle ante cualquier contratiempo, la enfermedad… sin haberles entregado antes la llave del candado incrustado en su corazón que sujeta sus ataduras, negándole la libertad a no ser que este la ansíe tanto que arranque las cadenas llevándose, con suerte, tan solo un fragmento de su corazón… que dolorosas son las noches sin ti equilibrando esta balanza que es mi cama, nuestra cama… Ya ha sonado medio disco en mis auriculares, y las farolas comienzan a desperezarse abriendo sus luminosos ojos, negando a las estrellas la posibilidad de deleitarme con su belleza, pero es buen sabido que las pequeñas estrellas siempre serán las más bellas, aunque tengan cerca a la prepotente luna que intenta intimidarlas o las farolas con su falsa luminosidad pretendan eclipsar a las pequeñas estrellas, pues estas, solo demuestran su verdadera belleza si se las busca no se exhiben como la luna mostrando su mundana belleza, a la que solo algunos tristes lobos aspiran, y es que hasta la más pequeña estrella con su luz más tenue, es igual o incluso más bella que el resto del cosmos que la rodea… Sigo con mi paseo nocturno, como el resto de mis veladas, incapaz de dormir en esa cama que se me figura infinita sin ti, sin nadie para atenuar con su presencia los dolores que me asesinan, que me torturan, que como leves cuchillas martirizan mi garganta, la misma que enmudeció hace meses, incapaz de emitir sonido debido al tormento que le causa esta enfermedad. Absorto en mis pensamientos estoy a punto de chocar con un hombre que, si bien no estaba tirado en el suelo, la inclinación de sus bamboleos me mostraba que dentro de poco pasaría a estar en un plano paralelo al de la calzada, entonces le da un trago más a la botella que lleva escondida en una bolsa de papel como el niño que esconde el caramelo bajo su manga… la botella… ese arma capaz de matarte sin que te des cuenta, que hace que algún desgraciado pierda la vida cada noche en la carretera, que hace a un padre incapaz de preocuparse por nada que no sea ese néctar, dejando de lado a una madre que llora a solas para no preocupar a su hijo, y a un hijo que crece muerto, maldiciendo el día en que el alcohol llegó a su vida, que crece huérfano teniendo padre, que tiene que erigirse sobre su propia idea de hombre pues no tiene donde reflejarse, un niño que se ve obligado a dejar de ser un niño y pasar a ser un hombre demasiado rápido; y no hay delito mayor que ese, que robar la inocencia a un niño que, aun así, es capaz de seguir adelante, luchando con ese lastre que le impide avanzar, soñando con despertar algún día más allá de las nubes, donde no haya problemas, ni gritos, ni llantos, ni golpes, ni portazos, ni copas, ni cristales rotos, ni dolor, ni pena, ni gritos en silencio, ni tener que refugiarse para no ser alcanzado por la onda expansiva de esa bomba atómica llamada whisky, capaz de destrozar todo a su paso, pero obligado a despertar cada día, para volver a verse anegado por todo ello. Acaba el primer disco y supongo que ya es hora de escuchar el próximo, pero para ello me quito los cascos que me aíslan de la realidad y me sorprendo a mí mismo maravillado frente a aquel concierto digno de la mejor orquesta, que cautiva mis sentidos y relaja todos mis músculos: el silencio. Es curioso como él, sin ser nada, lo es todo para mí, solo cuando él me acompaña puedo volver a hablar, puedo volver a recitar versos sin limitarme a escribirlos, cuando él está conmigo me siento tranquilo, que que sé que jamás me abandonará, él me ayuda a evadirme de este mundo en el que la criatura más fuerte o la que es capaz de levantar más el tono de voz es la que lleva la razón, dejando a un lado la verdadera razón; él es el único que nunca falta, que me ayuda a combatir a la soledad con sus dientes envenenados, bestia dispuesta a desgarrarme el alma al mínimo atisbo de debilidad; él es el que me infunde la inspiración necesaria para plasmar mis sentimientos sobre el papel en forma de versos, criaturas inmortales capaces de dar vida, de matar, de sufrir, versos conformados por esquirlas de mi alma, sentenciados a vivir atados al papel, incapaces de volar lejos de su prisión debido a que su creador es incapaz de articular palabra… Versos de amor con sus corazones prisioneros, versos de odio dirigidos como una bala hacia mi sien, versos de rabia que arden en mis entrañas, versos de soledad que como un velo invisible te aíslan del mundo, versos de pena escritos con sangre y lágrimas, versos de nostalgia con sus golondrinas… tan solo versos, quiméricos seres capaces de tomar forma de sentimientos mimetizados entre las palabras en forma de metáforas… Mi garganta me pide un descanso después de la media hora de marcha continua, me resigno en un banco y me tomo el último par de analgésicos que conservo para mitigar el dolor, ese mismo dolor que lleva atormentándome los últimos tres años, recuerdo aquella mañana en la que al despertar el dolor que había atormentado el ultimo mes y al que esos que dicen salvar a las personas diagnosticaron como una faringitis, se convirtió en una opresión que negaba la pasada de aire, lo último que recuerdo fue que desperté entre aspavientos y después perdí el conocimiento, al despertar ya podía respirar, pero el aire no provenía de mi boca, sino del orificio bajo mi nuez que me acompaña desde aquel día. Y de que sirven las campañas de publicidad si después del diagnóstico no hay nada que hacer, tan solo esperar al barquero procurando tener siempre una moneda bajo la lengua… Ya recuperado remonto mi camino por el puente que lleva hacia la zona antigua, miro hacia abajo y veo pasar un tren, vacío, en contraposición a su natural estado, repleto de gente, cada persona con su vida, con su historia, todos presos de un sistema que les liga a un puesto, que los convierte en números, resignados a hacer lo que “deben” hacer, presos de un sueldo ínfimo que en muchos casos apenas llega a cubrir las necesidades de un ser humano, pero, que otras cosa se puede hacer, yo antes era uno de ellos y, sinceramente, preferiría seguir siéndolo. Coloco los cascos de nuevo y comienza a sonar una base de jazz, ante mi vista se erige un imponente edificio, la iglesia, donde hace años pasaba cada mañana de domingo, pensando que así prolongaría mi existencia, pensando que me salvaría, que había un dios bueno que protegía a sus fieles, que había algo por lo que luchar, un lugar al que llegar, pero… Después de darte cuenta de que nadie puede ayudarte, de llorar frente a una estatua pidiendo clemencia y no obtener respuesta, de llorar cada noche sin encontrar consuelo, de salir de casa cada noche incapaz soportar el dolor esperando encontrar una señal, un motivo para seguir adelante, de ser abandonado por aquellos que se hacen llamar buenos cristianos; después de todo esto, a quien he de rezar si nadie puede ayudarme, si en esta vida no somos nada, tan solo una coincidencia de entre millones de posibilidades, una gota de agua en medio del océano, sin nada antes ni nada después, tan solo somos un esbozo de algo en medio de un mar de nada… Y sin nada delante y nada después sigo con mi camino bajo la luna, acompañado por el silencio y el saxo paso por delante del ayuntamiento, hogar de seres que se hacen llamar políticos, como si de veras conocieran lo que eso significa… Já. Además, a mí la política me importa poco, para nada sirve votar, bueno para algo sí, para elegir de que color será el puñal que te claven. Echo una mirada furtiva a mi teléfono, esperando encontrar algún mensaje, pero no hay nada y no me sorprende, hace meses que lo único que aparece en mi teléfono es el aviso de batería baja… Ningún mensaje ni llamada, ni contacto, ni amigo, ni nadie que me acompañe en este viaje al que llaman vida, nadie que se siente al borde de mi cama y me sostenga la mano en mi lecho de muerte hasta que esta caiga junto con mi alma a lo más profundo de los infiernos, quien acudirá a despedirme mi ultimo día sobre la Tierra, quien suplicara que vuelva cuando me haya ido, a quien le importara mi muerte para algo mas que cobrar una herencia, quien… o qué, qué sentido tiene todo esto, que me espera después, de que sirve todo lo que he hecho, todo por lo que he luchado, que sera de todo lo que poseo, que sera de mis ideas, de mi alma, de mis versos ¿arderán conmigo en el fuego?¿Acaso se perderán en el polvo o se descompondrán en la nada?¿Quien me recordara?¿Quien velará por mi sentado cerca de mi lecho hasta que la fuerza abandone mi cuerpo y sostenga mi mano muerta bajo sus labios?¿Quien entonara un llanto cuando este esperpento al que algunos osan llamar vida acabe y La Negra Doncella me tienda su mano y junte sus labios con los míos?¿Cuanto durará mi recuerdo?¿Una década?¿Un año?¿Una semana?¿Una fugaz esquela? Sumido en la melancolía futura mis pasos van a dar al parque frente a la vieja casa de mis abuelos y me es imposible no recordar sus caras entrañables a la par que arrugadas, sus caricias, sus consejos, sus pagas con las que me podía permitir mis caprichos, aquel día en que en la madrugada me abrieron sus puertas para escapar del ogro que vivía en mi casa.

Sentado en un bordillo recuerdo las tardes con mis amigos allí abajo, las bromas, las chicas, los juegos que dejaron de ser juegos, los nuevos pasatiempos bañados en humo que llegaron al barrio y que fueron dispersándonos, quedándome solo al final… y bendita soledad que me salvó, pues nuevos rompecabezas llegaron al barrio y estos no eran tan inocentes como una simple calada de hecho de los que puedo recordar la mayoría lleva durmiendo un par de años pues no fueron capaces de soportar su última cabalgada. Hacía unas horas que la noche había alcanzado su cénit y el monstruo que dormita bajo mis pies comienza a retorcerse dispuesto a abrir los ojos en cualquier momento, preparada para devorarme, o lo que queda de mí…

Entonces vuelve el dolor, miro a mi reloj para darme cuenta de que debía haberme tomado los analgésicos hace hora y media, pero al echar mano al bolsillo descubro que la caja está vacía, cayendo en la cuenta de que me había tomado los últimos hace unas horas. Aprieto el paso de vuelta a casa hasta que, al llegar al puente, una punzada de dolor me corta el aliento, alcanzo la baranda con la mano en busca de una zona para descansar, que encuentro en el muro que adopto como asiento… Otra punzada de dolor… ¿Hasta cuándo? ¿Hasta qué momento he de soportar este dolor? ¿Cuándo cesará? Giro la cabeza y observo el horizonte, por el cual la luna comienza a escurrirse. Giro mi cuerpo para acomodar mi cuello dejando mis piernas sobre la nada. A la tercera puñalada intento gritar, pero me es imposible, y con este grito sordo llega quizás mi última reflexión que nace mientras muere la noche, y es que

¿De qué sirve un lobo que no puede aullar a la luna?