Unico(rnio)
Cuentan las leyendas
que en los profundos bosques
se enconden la magia
encarnada en cuerpos veloces.
Cuerpos bellos y brillantes
con ojos de infinitud,
cuentan que pese a lo umbrío
a su alrededor siempre hay luz.
Hay quien les buscó
intentando atrapar su esencia
para sus propios intereses
sin intentar entenderla siquiera.
Dicen que en su interior
se esconde la verdadera magia
y que solo los elegidos
comprenderán la lengua que hablan.
Su piel pálida refulge
bajo la luz de la reina Luna,
su cuerno emana luz argéntea
dejando lenguas de trovadores mudas.
Solo ella puede entregar su magia
a quien solo ella desee,
y así es como este poeta
término prendido de aquel ente.
Antiguas lenguas hablan
de aquel curioso encuentro
entre el ser que allí esperaba
esperando al que vivía dentro.
Pero aquel necio poeta
sintiéndose embrujado
cayó en pánico tremendo
y abandonó lo que había encontrado,
dejando a aquel milagro
en aquel claro abandonado.
Dicen que aquel unicornio
lloró lágrimas de luna
y que aquel poeta inepto
no hizo caso de ninguna.
Finalmente aquel ser
cansado de esperar
se desvaneció en un rayo de luna
y se juró no regresar.
Lenguas cuentan que a día de hoy
en tabernas abandonadas
se ve a un poeta sollozando
recitándole a la nada.
Dicen que llora cada noche
y que sus lágrimas se unen
formando una silueta equina
que con la madera se funde.
Hay quien cuenta
que en cada amanecer,
se adentra en la espesura
sin nada que temer,
mientras canta una dulce balada
para intentar atraer
la oportunidad que un día dejó
escapar por miedo a perder.
Dicen que ahora viste de blanco
para mostrar su pureza
intentando desesperado
que ese recuerdo vuelva.
Y aún a veces en el bosque
un reflejo le asalta
cuando un rayo de Luna
se refleja en el agua,
y a él le parece oír
un relinchar quejicoso
que se plasma en su memoria
cómo aquél semblante hermoso.
Y cada amanecer
con los primeros rayos perdidos
acaba derrumbado en el suelo
hasta que, esperando, acaba dormido.
Y en ese preciso instante
una silueta se materializa
y un cuerno de suave seda
su semblante acaricia
para desaparecer seguidamente
dejando paso a un nuevo día,
en qué el poeta seguirá recitando
en esa mesa a una silla vacía.