Trastorno
Besé labios de serpiente, apadriné un corazón roto, le escribí notas de suicidio a la soledad y su soliloquio.
Sin haberme quitado la mía me puse en la piel de otros, viendo por los suyos lo que ya juzgaban mis ojos.
Quise hacer de mi vida un álbum de fotos, pero al acabar cada hojas ya no veía mi rostro.
Quise ser poeta y me miraron como a un loco, quise comerme el mundo y resultó que sabía a poco.
Intenté erigirme sobre un ideal propio y cuando quise darme cuenta vi que le faltaban trozos.
Me ofrecieron latón empañado de oro, consejos de cianuro disfrazados de inocuos.
Puse ricino bajo mi lengua para matar a este monstruo, pero no hay veneno que acabe con las palabras de este pozo.
Grité “Revolución” y me vestí de rojo sin olvidar por un momento mi espíritu incoloro.
Jugué cara o cruz con el destino. Perdí por poco. Maldito a acabar rompiendo todo lo que toco.
Ahora cultivo versos a la luz de mis antojos y los mando al papel a que luchen por nosotros.
Por ti, por mí, por ese guiño curioso. Por ti, por mí, por esos labios rabiosos.
Hoy crío metáforas y las río, y las lloro, para que aprendan que la poesía es lucidez y trastorno.
Y de nuevo escribo bajo este apagado foco, con el silencio como público y como jueces, a vosotros.