Poemas

Tinta diluida

Entre los rincones de mis alrededores, mi vieja pluma y yo nos hemos reencontrado. Debido al tiempo que llevábamos sin tratar la una con el otro, he notado cierta aspereza en sus palabras. Se había secado. Un vaso de agua tibia la recibe, dispuesto a reblandecer a tan testaruda mujer. En el mismo instante en que toca el fondo, veo brotar de su punta un ínfimo filamento de materia oscura, quizá el último punto de la i de un “te quiero” que dejé a medias, o el último trazo de un soneto. Poco a poco este filamento comienza a perder consistencia, diluyéndose en su medio, como si tratase de mimetizarse en un agua que cada vez tornaba más turbia, debido quizá a todo lo que esa pluma estaba sollozando. Lloraba versos para gente que jamás los leyó. Sonetos asonantes. Palabras de amor para corazones huérfanos. Rimas que sirvieron de líquido descongelante en mi corazón tiempo atrás. Recuerdos, emociones que plasmé algún día en el papel. Quizá alguna de esa creación jamás vio la luz y ahora muere ahogada. Mis sentimientos, al fin y al cabo, diluyéndose más y más en un vaso de agua tibia. Todas esas letras. Cada pedazo de mi corazón, reducido a agua turbia, a tinta diluida.

Ya libre de mi pasado, la seco con cautela, con la delicadeza que una dama de su estatus se merece. Luce brillante. A veces pienso si de verdad merece la pena seguir ensuciándola, obligándola a plasmar mis pesadillas. Al fin y al cabo ¿Quién sabe lo que mis versos esconden? ¿Quién le ve sentido? Valoro si de verdad sirve de algo tatuarle al papel lo que me atormenta. Si de verdad todo el esfuerzo sirve de algo, o si tan solo llegará a ser, de nuevo, tinta que flota y desaparece en agua fría.

Recargo su vientre con tinta fresca. El papel tiembla. Escribo el título. “Tinta diluida”.