Metamorfosis
Metamorfosis.
Un gusano solo conoce el suelo. Solo conoce una planta. Solo conoce una hoja. Para un gusano la luz es peligrosa. La sombra es más segura. En la sombra es invisible. Todo lo que hay por encima le es hostil. Sigue comiendo, evitando mirar al cielo, por miedo, pero también por envidia a no poder salir de ese suelo, de esa planta, de esa hoja. Un día, este gusano, decide cambiar. Decide dejar atrás ese suelo, esa planta, esa hoja. Teje a su alrededor una armadura que le proteja. Cuando cambiamos somos frágiles, maleables, peligrosos. Pasa tiempo, y el gusano comienza a olvidar el suelo, la planta, la hoja. Cada segundo le trae recuerdos, que parecen nuevos, pero tan solo los había olvidado. Esos recuerdos, esos pensamientos estaban ahí, esperándole. Recuerda el cielo. Recuerda el viento. Recuerda las flores. Recuerda sus alas. Recuerda que nada puede pararle. Nada le ata ya a ese suelo, a esa planta, a esa hoja. Los vínculos que creía necesarios para su supervivencia tan solo eran cadenas que le aferraban a algo prescindible. El gusano, a solo unos instantes de perder su nombre, se da cuenta de que no necesita ese suelo, esa planta, esa hoja, sino que lo único que necesita son sus alas para poder ir lo más lejos que pueda, sin que ningún suelo, ninguna planta, ni ninguna hoja, se lo pueda impedir. En ese preciso instante, ese gusano muere. Existe un silencio. El suelo, la planta, la hoja, el cielo, el viento y las flores se quedan calladas. Un rayo de luz roza el cuerpo de lo que algún día fue ese gusano. Un crujido. Seda rasgándose. En lo que duran dos parpadeos y medio suspiro nace una mariposa. Todos miran expectantes, sin atreverse a decir palabra, el suelo tiembla, la planta detiene su balanceo, la hoja se repliega, las flores agitan sus pétalos, el cielo se enturbia, el viento se detiene. Entonces la mariposa abre sus alas de colores, espléndidas. El suelo, la planta y la hoja, se dan cuenta de que la mariposa ya no está bajo su control. De forma recíproca, la mariposa se siente más libre que nunca, y bate sus alas conociendo el cielo, viendo todos los colores de las flores, pero sobre todo, dejándose llevar por el viento, libre, sin un suelo, una planta y una hoja que la retenga, sino miles de flores esperándola y un viento dispuesto a llevarla donde sea necesario. Pero la mariposa jamás olvidará lo que fue ser un gusano, y gracias a eso siempre tendrá presente que su libertad, que sus alas, son un regalo, y nunca dejará de volar.
Un árbol se mantiene erguido. Pase lo que pase. Estático. Inmóvil. Todo lo que necesita está a su alcance. Sobre él, el sol. Bajo él, la tierra. Las tormentas no le afectan. Ni los imponentes vientos. Ni siquiera el frío. Creció sabiendo que la única forma de prosperar es mantenerse firme, duro, inmóvil ante las adversidades, sin doblarse, rígido. Toda su vida ha sido así. Ha recibido agresiones, pero se ha mantenido firme, rígido, erguido. El sol seguirá ahí mañana, al igual que la tierra. Así fue ayer. Así será al siguiente día. Así será siempre. En cierta medida envidia sus hojas, capaces de moverse, capaces de balancearse, capaces de viajar. Incautas, a su parecer, pues no hay nada más seguro que la estabilidad, la rigidez, la dureza. Envidia también a los pájaros, tan libres, tan ingenuos. Todo en su vida es seguro. Todo estable. Todo favorable. Nada le perturba. Un día, el calor es insoportable. No entiende por qué, pero se mantiene firme. Pronto se da cuenta de que lo que se acerca es fuego. Fuego. Nadie le habló del fuego, nadie le enseñó cómo resistirlo, por lo que hizo lo único que sabía hacer. Esperar. Inmóvil. Erguido. Firme. El calor aumenta. Nota cómo el fuego roza sus cimientos. Nota su estructura flaquear. Su base resquebrajarse. Nota como todo lo que le había mantenido seguro ahora no sirve de nada. Todo su ser. Toda su concepción de la seguridad se desmorona. Comienza a caer. El miedo le invade. Ya no es estable. No es rígido. No es seguro. Toca el suelo. Lejos del sol. Sus raíces ya no le sujetan a la tierra. Su ser se desmorona. El miedo comienza a aplacarse. Cesa. Deja paso a la aceptación. Y entonces, como de la nada, siente la brisa. Pero la siente de una forma nueva. Mientras el fuego acaba con los restos de su ser, siente cómo la brisa comienza a expandirle, le hace fluir entre el resto de árboles, entre la tierra, entre los pájaros, las hojas, fluir entre el mundo. Así es como nace ceniza. Ceniza es ligera, se moldea a los cambios del mundo. Es capaz de volar. Capaz de sortear adversidades grácilmente. Se siente unida no solo a la tierra, sino al cielo, al agua, a los animales, al resto de plantas, a la energía que fluye entre todos ellos. Ceniza vuela. Ceniza ondea como las hojas. Ceniza, al fin, vuela como los pájaros, sin miedo.
Un gusano muere para que nazca una mariposa.
Un árbol muere para que nazca la ceniza.
Una piedra gris se parte para liberar la esmeralda que esconde.
Metamorfosis.