Metalírica (I)
La melancolía de unos versos olvidados, de los que hablan de golondrinas o de rincones abandonados. La potencia de un poema no nato, cargado de odio, de amor, de caricias, de rechazo. La tinta fluyendo sobre el papel en una suerte de milagro en que el pigmento más oscuro forma claros y precisos trazos, en que las ideas se lanzan y por la pluma deslizando caen sobre la celulosa dejando su mensaje grabado, dando vida a metáforas a elegías y relatos, a sonetos de catorce versos o romances de otros tantos. Ese fenómeno que yo, alquimista de poemarios, aún investigo y exprimo mas sigo fascinado por no saber cómo un poema puede gritar tan alto, ni como un par de versos pueden incitar al pecado, cómo tan solo palabras, tan solo fonemas entrelazados pueden despertar flores o dejar campos arrasados, cómo me hacen oler miel o hundirme en pantanos, sentir la brisa golpearme cómo a lomos de un caballo, resucitar la primavera oír canto de pájaros, sentir calor a la intemperie o congelarme en pleno verano, cómo tan solo letras hacen que me sienta reflejado, y traen a mi memoria recuerdos del pasado, cómo pueden hacerme vibrar, que mi estómago quede colapsado o sumirme en sueño profundo con un sedante pareado. Cómo puede vivir un escritor entre sus líneas atrapado, obligado a ser eterno, a la inmortalidad forzado, pues podrá morir un hombre, pero jamás lo hará su legado. Al igual que jamás entenderé yo este regalo, al que necios explotan solo con fines monetarios, sin saber que, para muchos, es nuestro respiro improvisado; para algunos, es nuestro oasis en cualquier lado; para unos pocos, es nuestra cuerda sobre el barranco; para mí, poesía, eres mi salvavidas encuadernado.