¡Hola! ¿Sabes cuánto pesa un mamut siberiano?
No sé cuánto pesa un mamut siberiano.
Escribí “cuánto” sin tilde.
Aquel “Hola” no llevaba primera exclamación.
Nunca antes había tocado un 5x5.
Ya sabía que vivías en Alcalá.
Apareciste como aparecen las luciérnagas, cuando la noche es cerrada y te rodean las sombras de pronto una pequeña luz se enciende, y luego otra, y otra, y otra más. Así puedo describir estos 366 días, como un millar de pequeñas luces que me iluminaban poco a poco el camino.
Por primera vez rompí con todos mis esquemas para hablar con alguien que no conocía de nada. Tenía un buen presentimiento.
No sé si lo que nos unió fue nuestro gusto por la meta azul, baby blue, el chocolate, los cubos, los versos, el amor a los animales o el bombo y la caja. Solo sé que a los 30 minutos me pediste que me casara contigo. Yo tenía las cosas claras desde 29 minutos antes.
Mil y una noches transcurrieron hasta las 5 y media. 3 horas después un cuerpo sin mente ni corazón empujaba un carrito de la compra. Ellos se quedaron durmiendo, soñando contigo.
Fueron 9 días largos en los que dos gatitos marcaban la cuenta atrás. Me iba a dormir antes para que los días pasaran más aprisa. Fueron días de ilusión, sentimientos enfrentados pero sobre todo de nervios, muchos nervios.
Primera vez que te vi. Aún no había salido el sol. Me pasé una parada de autobús. No te veía. Te llamé ¿Qué ves? Mueve una pierna.
Ya te veo.
Te abracé como si me despidiera, pero me estaba presentando. No te quería soltar, separaste tu cara y me dijiste “Eres real”. En aquel autobús rehice aquel 5x5, acabando paradójicamente con el motivo que nos había unido.
Aquella mañana en la que te conocí, después de la espera, con los sentimientos a flor de piel… Fuimos a la biblioteca. Por mucho que hubiese esperado los exámenes de enero no iban a hacerlo.
366 días desde aquella noche de Navidad en la que recibí un regalo que me devolvió la ilusión, cuando apenas unas horas antes escribía versos de desesperación.
Un 6 de enero te pregunté. Porque eres mi novia, ¿no? Ahí empezó el primer capítulo de nuestra historia, sin olvidar el prólogo.
Un sinfín de páginas desde entonces, de noches, amaneceres, tardes de frío, lluvias de estrellas, cubos de Rubik y abrazos, caricias y demás.
Uno a uno han pasado los meses.
Un año desde que me encontré a aquel Gatito.
Aún hoy veo brillo en tus ojos cuando me ves. Me haces sentir inmenso e insignificante a la vez. Me haces real.
Que por una carretera sin baches nuestra historia iría demasiado deprisa. Y ya sabes cuánto tiene que durar.
Por muchos más. Te quiero.