Desidia
Llega a su fin el ocaso
y la última luz muere
alcanzando con su fulgor
un resquicio de mi mente.
Gime acongojado el viento
y la tierra se resiente.
La creación se acobarda.
Negras tinieblas se ciernen.
El margen del azabache
en argenta resplandece
cuando luce su majestad
su velo de hielo y nieve.
Y retumba la tempestad
mientras llora el cielo, llueve,
y se parte en dos su velo,
pues la luz corta el ambiente.
Y a cada nuevo fulgor,
cada luz en la intemperie,
el caos se adueña del mundo
y el paisaje se embellece.
Observo meditabundo
al viejo árbol que perece
al feroz golpe del aire
que con ciega ira acomete.
Y cuando llegado el final
cuando la tormenta cese
y no queden ya raíces
que a este viejo árbol sustenten,
lanzaré este grito al cielo,
al abismo, este réquiem:
¡Maldita sea esta mi vida
que en mis manos estremece!
¡Bendita sea esta mi muerte
que en silencio me adormece!