Poemas

Desidia

Llega a su fin el ocaso y la última luz muere alcanzando con su fulgor un resquicio de mi mente. Gime acongojado el viento y la tierra se resiente. La creación se acobarda. Negras tinieblas se ciernen. El margen del azabache en argenta resplandece cuando luce su majestad su velo de hielo y nieve. Y retumba la tempestad mientras llora el cielo, llueve, y se parte en dos su velo, pues la luz corta el ambiente. Y a cada nuevo fulgor, cada luz en la intemperie, el caos se adueña del mundo y el paisaje se embellece. Observo meditabundo al viejo árbol que perece al feroz golpe del aire que con ciega ira acomete. Y cuando llegado el final cuando la tormenta cese y no queden ya raíces que a este viejo árbol sustenten, lanzaré este grito al cielo, al abismo, este réquiem: ¡Maldita sea esta mi vida que en mis manos estremece! ¡Bendita sea esta mi muerte que en silencio me adormece!