Catarsis
Me atravieso la garganta con una pluma de tinta negra. Para que salgan las putas palabras que causan pesadillas a mis quimeras. Me puse tantas máscaras que olvidé mi rostro. Reventé el reflejo al verme atacado por un extraño. Intenté quitarme tantas que llegué al hueso. Demasiadas cadenas para un mismo perro. ¿Y es que no huirá este perro cuando vuelva a olerlas? Me deleito en el dulce placer de la autodestrucción. En el mero pensamiento de mis dedos reventando el hormigón. De ríos de sangre ahogando la pena. De mis dientes chirriando cercenándome la lengua. De recordar cada traición cuando me miran ojos nuevos. Disfruté maquillando cada puñalada con una rosa. Pero también se pudren las flores y las heridas se infectaron. Vi escapar trenes girando y girando en un torno maldiciendo a gritos la paradoja de su inexistencia. Me enamoré de una jaula con barrotes de oro. Un día vi mi reflejo distorsionado en su superficie convexa. Ya era tarde, ya no podía salir. Se atrofiaron mis alas por la paradoja del bonsái, pues cuanto más crecieron más las recorté. Creí que el cielo volvería a abrirlas y salté. No volé. Me reventé. No lloré. También dejan heridas los hilos de las marionetas. También olvidan estas y se creen autónomas. A veces movidas por patrones automatizados. Grabados, marcados, estereotipados. Caminan creyéndose libres hasta notar la tensión. Arrastrándose a la luz para continuar su triste función. Y cuando vuelva a la noche a su triste caja de madera. Se pregunta si es quien es o quién es fuera. Que lo de fuera no entiende lo que hierve en mi cabeza. Que estoy quedándome en pellejo de tanto comerme el coco. Al final voy y me lo creo tanto que me llaman loco. ¿Si me arranco la piel veréis mis adentros? ¿Entenderéis cuando pase ver un envoltorio hueco? La soledad se clava y se enquista en el alma. En el escalofrío que parte en dos mi espalda cuando me doy cuenta del aislamiento que produce mi conciencia. La soledad se clava y se enquista en el alma. Estar alejado de cada persona que te mostró cariño. Mirar dentro de mí y ver llorar a un niño asustado, llorando y susurrarle al oído “Ya pasó todo, duerme tranquilo”. Mientras tiro del percutor y aprieto el gatillo. Mira en la mierda que me he convertido. Todo este juego siempre ha sido divertido. Lo despreciable se ha hecho carne y se ha puesto mi cara. Las sonrisas de antaño ahora yacen bajo traumas. ¿Y sabéis qué? No me arrepiento de nada. Este cuerpo ya está muerto y no lo para ni una bala. Ahora cae y duerme plácido hasta la próxima madrugada. Cuando vuelva incandescente a cauterizar mi herida alma.
A comenzar de nuevo la catarsis.