Apareciste
Apareciste, y reventaste con una sonrisa cada uno de los ladrillos que me rodeaban, que había colocado estratégicamente sobre todas mis heridas mal curadas.
Apareciste, y el dolor de aquellas heridas se alivió con esa risa tuya que sonaba a palmera, arena de playa y espuma de mar.
Apareciste, y besaste cada una de mis cicatrices, sin importarte su color, si eran queloides, hipersensibles o si estaban infectadas por amores tóxicos. Esos labios de café y agua salada recorrieron los recovecos de aquellas marcas, cubriéndolas con un bálsamo que no buscaba aliviar, sino curar.
Apareciste, y mi piel tuvo que acostumbrarse a las caricias, porque hay relaciones neurotóxicas que pueden provocar alodinia al cariño.
Apareciste, y de repente vi futuro, vi casa, vi un hogar. Mis planes, ya marchitos, cayeron, dejando lugar para nuevas flores contigo.
Apareciste, y me enseñaste tus puertas, pero cuando te pregunté por la llave, solo me pediste que te mirase a los ojos.
Apareciste, y devolviste la primavera a mis ojos, dejando atrás el verano árido y el frío invierno que convivían en mis pupilas.
Apareciste, y mi sonrisa volvió a casa, a nuestro hogar, colgó su sombrero en el perchero y me prometió que, mientras estuvieras, no tendría que marchar más.
Apareciste, y me enseñaste que sí que puedo querer, que no me tenías miedo. Te fascinaste al oírme hablar del amor de tortugas y, sin pensarlo dos veces, te afiliaste a él.
Apareciste, y entraste en mi rincón sin hacer ruido, sin forzar la cerradura ni romper los cristales y te quedas ahí, sentada, acompañando mi mundo.
Apareciste, y mi hogar fue tu hogar y tu hogar el mío tan rápido que cuando quisimos darnos cuenta no había tuyo ni mío, sino que era nuestro.
Apareciste, y me lanzaste de cara a mis miedos y me enseñaste a batir mis alas para poder sobrevolarlos.
Apareciste, y abriste tu universo para que pudiese perderme en él, eliminando de golpe los límites de mi imaginación.
Apareciste, y los planes, de golpe, se volvieron plausibles, la música y la poesía se mezclaban con fisioterapia, anécdotas y viajes, enmascarando casas, furgonetas y futuras mascotas que se agolpaban en nuestras mentes construyendo un futuro de la mano que ninguno quería admitir.
Apareciste, y le quitaste el polvo a mis sábanas y me llenaste la almohada de sueños para poder dormir cada noche a tu lado aunque estuviéramos lejos.
Apareciste, y tu cuerpo se volvió musa y mis versos y mis besos se peleaban por retratarlo.
Apareciste, y los felinos y los caninos pactaron una tregua para que sus Montesco y Capuleto pudieran vivir una vida común, mientras Sol y Luna lloraban estrellas en una playa del pacífico al ver a sus hijos juntos al fin.
Apareciste, y los viajes se volvieron aventuras entre mis despistes, nuestras carreras y los “te amo” en cada nuevo lugar que pisábamos.
Apareciste, y cambié mi té con leche helado por tu café negro caliente.
Apareciste, y le diste la vuelta a mi vida, redefiniendo la palabra “felicidad”.
Apareciste, y ya no quiero dormir si no te acaricio, y despertar sin tus ojos y tu voz ronca se me hace cuesta arriba.
Apareciste, y encontré en tus caderas el arnés que me quitó la fobia a las alturas. Me atreví a saltar al abismo de tu ombligo.
Apareciste, y, ahora, ya no quiero que desaparezcas nunca.